UN DOMINGO SIN PROPOSITO

Alterado y con frío. Tu figura me estorba y por la ventana no puedo ver. Tu olor, ese tufo dulzón del perfume pegado a tu cuerpo, mezclado al de los cigarrillos que no dejas de fumar, al de las cervezas que zampaste anoche y al de tu cuerpo mal lavado (los orines que no te limpias cuando bebes, el trajín de la noche y las salivas ajenas). Tu cuerpo titila, pero no es de frío. Es, creo, la necesidad de todas tus carnes por deshacerse de ti. De tirarse desde lo alto de la ventana que son tus ojos, y caer cabeza abajo y dejarte incorpóreo. Te tiembla la pierna, lo siento. También te muerdes las uñas, ciñes el ceño, se te cierra un párpado. Es evidente: no te aguantas por dentro. Y menos esta mañana, con la cruda que te cargas. 

De pronto rajan las campanas de la iglesia sus doce campanazos. Casi te caes del susto. Es mediodía y tu en la ventana, supurando tus olores, temblando tus temores. Lo se y lo veo, sin saberlo, ni verlo; enredado entre las sábanas como estoy, con estos ojos que odian la luz, estos dolores de riñón, de cabeza y de espalda. Con sed y con hambre y el hastío de estar vivo. Con ganas de orinar y de saber donde estoy. Obviamente estamos en mi casa, pues sonó la campana como todos los día. Me entretengo un rato, jugando un poco al muerto. Espero a que te vayas; pero no lo haces y no lo harás. Mi espera es engañosamente ingenua. Terminado el último cigarro que te queda, exclamas: tengo hambre, ¿comemos algo? !faltaba más! (pienso). 

De pie, camino por encima de cristal roto (¿que rompimos?), entre charcos de vino derramado que la alfombra ha absorbido. Descubro, en una esquina, junto al buró, una montaña de jugo gástrico enredada en comida semi-digerida. Tus zapatos y los míos. Nuestra ropa por todas partes. Un billete suelto, mi reloj, monedas derramadas como sal de un salero roto. Tus anteojos, que casi piso y un diario para escribir cursilerías. Lo sorteo todo con cuidado. Bajo el arco de la puerta interrumpo el andar—desvanezco: traigo pegado el olor a vómito. Quiero saber a donde fuimos. No lo recuerdo. Me duele un brazo. ¿Me caí? ¿Me pegaron? ¿Quién me pegó? La bicicleta, recuerdo. ¿Dónde está? ¿La habré dejado en dónde estuvimos? Ahí el problema. ¿Dónde estuvimos? Ni preguntárselo a el. Sería una anti-ocurrencia—cuando amanece así, no recuerda. Desembolso el riñón en el baño: un galeón hundido que de pronto flota en alta mar.

Ya en la cocina, pongo el café a hervir.  Miro por la ventana...tres pájaros cuelgan del cable. Lo hacen junto a un par de zapatos y su cintas que también cuelgan. La señora de enfrente se ha ido a trabajar, su cortina esta corrida, su gato me mira. Los de abajo pelean. Se avientan cosas. Un bebé llora y un perro ladra. Portazo, silencio. Pasa el trolebús. Va vacío. Es domingo y no hay fútbol. Silba el vecino de a un lado. Es el divorciado. Su mujer de turno taconea por el pasillo. Recién bañada, alcanzo a oler el  champú. Imagino con morbo gotas de agua bajando por su cuello.

Ebulle el café. Me sirvo y le sirvo. Pongo galletas y tocino en trozos con pan (para la cruda). De nuevo en el cuarto. El olor: ahora es mas intenso. La ventana (el ya no cuelga del marco). Eso me permite distinguir la iglesia a corta distancia. El shop de tatuajes, el minisúper, el bar de turcos y la agencia de viajes. Recogió los pedazos de vidrio, mas no la ropa y tampoco todo lo demás. Descubro también, con asco infinito, que ha pisado lo que ahora es una pasta con semillas de fruta y lo que parece ser un chicle (de niño deglutía los chicles, y asombrado, inquieto, me divertía verlos de nuevo, flotando, pegados a una masa informe de olor repugnante). Se arremolina en mis sábanas. Ya no fuma. Ahora duerme, ronca y huele. No ha dejado de oler.

Me tomo su café y también el mío. Me como las galletas y el tocino. Salgo de nuevo al corredor, entro a la cocina. Pongo mas cafe a hervir. Esperando, bebo leche y como mas tocino (para la cruda). Miro al gato mirarme. Le hago muecas. Me mira inmutado. Parece estatua de marfil que juega a no pestañear. Ruido de tubería: alguien se ducha o le baja al retrete. En el corredor, percibo su olor, el de los cigarillos y de cerveza cuajada. De orines rancios y cansancio terco. Pasó camino al baño. Ojalá y se haya ido y no este ahí metido sentado y leyendo, liberando lo que parece escamas de pez y chicles flotando. Se lo he repetido: me repugna que la gente meta libros o periódicos ahí dentro.

Finjo que duermo, quiero que se vaya. Quiero desear la muerte y fracasar en el intento sin testigos: a solas. 

Seis de la tarde, todo es claro oscuro. Voló el tiempo. Sigo enrollado en las sábanas. La luz del sol se cuela y desde aquí se ve la proyección del cañon de cine que no es mas que la luz que entra por la ventana. El haz de luz y los polvos que flotan. La vida encapsulada en esa aleatoriedad que tanto le gusta a lo que flota cuando flota a trasluz. Quisiera estar bajo un árbol y mirar hacia arriba. Perderme bajo del agua de una tina de baño y no sacar la cabeza hasta que te vayas. Que la gente encuentre mis pies fuera del agua y lo demás (mi demás) bajo el agua). Un buzo dormido, un alma nadando. Un cierto individuo muerto. 

Logré, pese a mi mismo, dormir. Despierto. Es de noche, el bip del teléfono que no para. ¿Será él? Claro que no. No se ha ido. Esta de vuelta en la ventana, haciendo lo que hacía por la mañana. Y no se bañó. Cagó entonces. !Codicio el día en que él y/o todo lo que me incomoda o interviene en mi contra—a propósito o en respuesta a una agenda preestablecida por alguien o algo que no logro anticipar—, me dejen vivir en paz! Me trueno los dedos de las manos, me jalo las cejas, juego crucigramas, me masturbo y fumo, medito (lo intento), escucho música que en un principio aborrezco, la cual (me han dicho) tranquiliza a quien la escucha. Hago te todo, pero no se va. 

Salgo a la calle, camino pueblo abajo. Me meto al kino y me escondo en un armario. Entre escobas y trapos, acurrucado, nadie me encuentra. Bebo un líquido espumoso que me va poniendo ciego. Me olvido de todo y duermo. Me despierta el frío y la ausencia de ruido. Salgo una vez más a la calle. Huele a lunes y a pasto mojado: ha llovido. 

El gato me mira y lo miro yo a él. La señora que pelea, corre a tropel. Entro a mi sitio y se que esta ahí. Desembolso mis líquidos y sin lavarme las manos, lo maldigo a mas no poder. Me siento y, mirando hacia afuera, me sirvo café. Es lunes y hay que odiarlo de nuevo. Y no se porqué.



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