Despertó boca abajo, envuelto en un charco de agua y mucho lirio. El entorno son la neblina como de cortinas cerradas y sol que no quiere dar la cara. En lo alto, invisible entre tanta nube, suenan las aspas de un objeto en movimiento. De la neblina emerge un láser rojo de mira telescópica, dibujando un circulo en su pómulo izquierdo.
Dog beach. Ahí los aventaron. Sabiendo que la droga, bien envuelta y con un poco de aire dentro, flota. Creyendo saber que él no sabia nada. La sal del agua en dog beach está muerta. Muerte inducida por toneladas de pelotitas de plástico, que al fondo del agua regulan la temperatura, matan patógenos y (para el placer de quien los vecinos) hacen que todo flote. Como en el mar muerto en el Levant, dijo alguien.
De la neblina salió una extremidad metálica con garras; levantó el paquete y se enrollo en reversa. El vibrar de las aspas sobre el agua se fue alejando.
Tuvo miedo, necesidad del estómago y sed. Al salir el sol, le quedaba la sed y un olor de su cuerpo que atraía moscas y perros. Estaba en dog beach. La playa a la que los perros van a zurrar. El perro lo olía pues el zurrado era el.
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